jueves, 13 de enero de 2011

(2) El descanso de los Hombres Sensibles...



En la radio hablan de balnearios, los diarios redactan sobre las rutas obturadas por turistas, los informativos muestran arena y agua (la combinación de esos factores en este caso se llama playa, y no barro); hay torneos de verano, programaciones de verano, licencias, bermudas, y en las publicidades quieren vendernos protector solar mientras el Ministerio de Turismo ejerce el terrorismo contra su propio pueblo con sus “vacanciones”… Bueno, que alguien diga algo del verano acá también… 

“… Aunque no eran clientes de la agencia, los Hombres Sensibles de Flores supieron veranear mezclando sabiamente la aventura y la escasez.
Manuel Mandeb solía ir a un recreo abandonado del Reconquista, a recordar los tiempos en que el río estaba vivo y tenía otro nombre.
Cortejaba a las mozas de la zona, que le prestaban yerba, oían sus historias y a veces cedían a sus insinuaciones sentimentales.
Solo el amor pasajero es eterno –murmuraba a sus amadas entre los yuyos–. Es amor que se va, pero no muere. La ausencia hace que los romances duren siempre.
Y dicho esto, se iba. 
El ruso Salzman tenía en el fondo de su casa un fuentón de buen tamaño. Los muchachos del Ángel Gris acudían con sus desteñidos pantaloncitos de fútbol para refrescarse los pies y tomar un poco de sol. A veces invitaban a algunas niñas distinguidas del barrio, pero las muy presumidas siempre hallaban pretexto para no presentarse.
A veces, todos juntos recorrían los balnearios porteños: Costanera Sur, Quilmes, Núñez, Los Escalones, Entrada Güemes, Playa Dorada, El Ancla, Las Barrancas... Un verano fueron al misterioso Balneario Reta, allá en el sur. Se hospedaron en el viejo Hotel Océano y se pusieron de novios con unas alemanas hechiceras que proyectaban sombras ajenas y escondían palomas en el escote. Tocaron el piano en el comedor y cantaron canciones zafadas. Se perdieron en los médanos infinitos, encontraron huellas inexplicables en la arena húmeda y bebieron agua mágica en un manantial del Paso del Médano. Escucharon a Rosita Quiroga en un fonógrafo y trataron de subir al piso alto del hotel, lo que no les fue permitido pues allí se guardan los restos valiosos de naufragios o tal vez viven recluidos marineros y capitanes en desgracia.
A pesar de su entusiasmo, pocas veces fueron totalmente dichosos.
En todos los veraneos sintieron la sensación de asistir a una fiesta a la no estaban invitados. Al comparar la evidente alegría general con sus melancólicos talantes, los Hombres Sensibles sospecharon que había en todo aquello algo que no se decía. Un dato, un secreto, una clave cuyo conocimiento permitía disfrutar, reír y divertirse.
Mucho tiempo mas tarde, Manuel Mandeb comprobó que efectivamente había un secreto que algunos conocían y otros no. Y comprendió también que la causa de la alegría no era el conocimiento del misterio sino más bien su ignorancia.
Y no volvió a salir nunca de vacaciones.
Este que escribe siente que el veraneo es un privilegio de la juventud.
Un señor maduro, con su esposa, podrá pegarse un baño, pasear, ir al teatro o al casino. Pero verá pasar a su lado la belleza del diablo. No podrá enamorarse, no podrá pisar el terreno incierto de la aventura.
Cruel como el Carnaval es el verano. Se necesita guapeza para enfrentarlo, para dominarlo y gozarlo en su brutalidad pagana.
Nosotros, de este lado, hombres fuertes y jóvenes, pero tocados ya por el mal del otoño y de las sombras, nos atrevemos todavía a compadrear ante el sol.
No tenemos miedo a meternos bien adentro, allí donde no se hace pie. Pero sabemos que ya tras el horizonte ha nacido una ola que se va acercando a la playa. Pronto nos alcanzará y de un solo saque nos apagará las últimas brasas del alma.
Después ya no habrá olas para nosotros.”

“El descanso de los Hombres Sensibles”, “Crónicas del Ángel Gris”; Alejandro Dolina.  

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