lunes, 11 de julio de 2011

(50) Macbeth. Acto V, escena V.

El destino pulsando las cuerdas de la inextricable naturaleza humana, haciendo literatura, en su juego perverso de promesas y engaños, con la suerte de los hombres: fuerza arrolladora e impasible. Y en medio de esa tormenta, el más enorme monologo sobre la muerte jamás dicho en escena. Escuchemos a Macbeth, señoras y señores.





Interior del castillo de Dunsinane. Entran Macbeth, Seyton y soldados, con tambores y banderas.

Macbeth

Colgad nuestras banderas en los muros exteriores. El grito es, todavía, “Vienen”. La fuerza de nuestro castillo se ríe, despreciando el asedio. Dejémoslos quedarse hasta que el hambre y la fiebre los devoren. Si no estuvieran reforzados por los que debían ser nuestros, los hubiéramos enfrentado resueltamente, barba contra barba, empujándolos hasta sus casas.
(Se oye un grito de mujer adentro).

¿Qué es ese ruido?

Seyton

Son gritos de mujeres, buen señor.

Macbeth

Por lo menos, he perdido el sabor del miedo. En una época, mis sentidos se hubieran helado al oír un grito en la noche; o mis cabellos se hubieran animado y agitado ante un lúgubre relato, como si tuvieran vida. Me he saciado de horrores. Lo horrible, familiar a mis sanguinarios pensamientos, ya no puede sobresaltarme. ¿Qué provoca esos gritos?

Seyton

Señor, la Reina ha muerto.

Macbeth

Podría haber muerto más adelante.
Debería haber un momento preciso para semejante palabra: ¡mañana, mañana y mañana! Se desliza en esta mezquina paz de cada día, hasta la última sílaba del tiempo señalado. Todos nuestros ayeres han iluminado engañosamente el camino hacia la polvorienta muerte. ¡Fuera, fuera, breve candela! La vida no es sino una sombra pasajera, un pobre actor que se contonea y consume su hora en la escena, y luego no se le escucha más. Es un cuento contado por un idiota, lleno de sonidos y furia, y que nada significa.
(Entra un mensajero).

Vienes para usar tu lengua. Rápido, ¡el relato!

Mensajero.

Mi gracioso señor,
quisiera contar lo que he visto,
pero no sé cómo decirlo.

Macbeth

Bien: dilo.

Mensajero

Como yo estaba vigilando, de pie en la colina, miré hacia Birman y, de pronto, me pareció que el bosque empezaba a moverse.

Macbeth

¡Embustero y esclavo!

Mensajero

Dejadme soportar vuestra cólera si no es así.
Podéis verlo a tres millas.

Macbeth

Si mentiste, serás colgado vivo del árbol más próximo, hasta que el hambre te reseque. Si tu relato es cierto, no me importa que tú hagas lo mismo conmigo. Refreno mi resolución y empiezo a sospechar de los equívocos del demonio, cuya mentira parecía verdad. “No temas hasta que el bosque de Birman venga a Dunsinane”; y ahora el bosque viene a Dunsinane. ¡A las armas, a las armas, afuera!  
Si lo que él afirma es cierto,
lo mismo da permanecer aquí que salir.
Empiezo a estar fatigado del sol,
y quisiera que todo el universo no existiese.
¡Tocad la campana de alarma! ¡Sopla viento! ¡Ven destrucción!
Muramos, por lo menos, con la armadura sobre la espalda.
(Sale).


(Macbeth. Acto V, escena V. William Shakespeare).  

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