viernes, 22 de julio de 2011

(52) El falso fondo de la crítica.

   Acaso las cosas sean más complejas de lo que parece. Esta misma frase no es sino un simplismo.
   En una nota anterior, referenciaba como ejemplo de autoritarismo a la ley 10.071, de vagancia y mendicidad, aprobada en la década del ’40 en Uruguay. A grandes rasgos, digamos que esta norma condena la ociosidad, al hacer al sujeto pasible de medidas de seguridad limitativas de la libertad cuando pudiendo, no está ceñido a una labor productiva. Entre las penas se registra la internación y la prohibición del transito arbitrario por el territorio.
   La respuesta liberal natural sería la indignación ante ese exabrupto contra la libertad, la elaboración de un discurso de defensa ante los embates del Estado fascista/policial y su paranoia de control sobre los individuos. Se entendería a semejante ley como un exceso y se apuntaría contra ella. Y este sería un ejercicio valido de la crítica, que hasta alguien llamaría progresista, y los adalides de la libertad se alinearían detrás de él. Quizá sería derogada, quizá no; en cualquier caso, no importa: nada cambiaría. Porque lo que ocurre con esta ley no es que es un acto excepcional contra la libertad, sino apenas si la expresión por exceso de un sistema soterrado y obsceno, uno de sus climax de control, pero a penas si la punta del iceberg, y con su crítica evidente, ocurre que es simple y peligrosamente inocente. Escuchemos a Foucault: “En mi opinión, la prisión se impuso simplemente porque era la forma concentrada, ejemplar, simbólica, de todas estas instituciones de secuestro creadas en el siglo XIX. De hecho, la prisión es isomorfa a todas estas instituciones. En el gran panoptismo social cuya función es precisamente la transformación de la vida de los hombres en fuerza productiva, la prisión cumple un papel mucho más simbólico y ejemplar que económico, penal o correctivo. La prisión es la imagen de la sociedad, su imagen invertida, una imagen transformada en amenaza.” ¿La prisión como metonimia de la sociedad toda? Sí. Leyó bien; así es. La cárcel es una metáfora exacerbada del modelo de control social, es su paradoja: la reclusión de la reclusión. Ahora, por esta vez, no nos interesa el símbolo, sino aquello que representa. ¿Cómo razonar ese dictamen de Foucault de la sociedad como una forma de prisión? Digamos que las instituciones a las que se refiere son las de enseñanza, de atención médica y, por excelencia, de trabajo: las instituciones que tienen por fin moldear e instituir al sujeto para que sea una pieza del aparato productivo. Esto supone una serie de apropiaciones; primero, sobre el tiempo del hombre, luego, sobre su mismo cuerpo. Esta última se manifiesta en prohibiciones que no se explican en sí mismas sino a partir del poder de control, como la del contacto sexual en esos ámbitos. La primera es la esencial y se desdobla perversamente. En principio, de manera más o menos expresa, el trabajador negocia una fracción de su tiempo a cambio de un dinero, y ese tiempo queda a disposición de la estructura productiva del patrón. Ahora, esta afirmación, livianamente considerada, corre el albur de que, expresión de aquella inocente crítica, sea interpretada de esta manera: si ese tiempo es el comprado por el patrón, el tiempo restante es de la entera disponibilidad del hombre. Y, he aquí el asunto, no es así.
   Caigamos en el capricho de hacer un repaso histórico. En el mismo auge de la revolución industrial, nacen las fabricas/internados, en las que los sujetos vivían y trabajaban, cada día de su vida, cada hora, a cambio de una remuneración anual. Luego, se advirtió que no eran redituables económicamente, no se adaptaban a los cambios organizativos de las empresas y eran objeto de la resistencia de los obreros. Entonces, se instituyó un horario para el trabajo, que fue ciñéndose hasta llegar a las ocho horas; mientras, sutilmente, comenzó la empresa de orientar ese tiempo libre para los fines productivos. Así, nos cuenta Foucault como se crearon cajas de ahorro y cooperativas de asistencia, entre otras medidas para fijar a la población al trabajo: se controlaba las actividades que realizaban a partir de controlar la utilización de los ingresos. En ese tiempo, se vivía en la era capitalista del ahorro, y lo que se requería del obrero era que tuviera reservas para los momentos en que la producción cayera en crisis y fuera despedido, para que sobreviviera como mano de obra para la próxima alza de la producción. En definitiva, eran formas para hacer al trabajador funcional a las estructuras industriales, al status quo. Extrapolemos este proceder al capitalismo de nuestra época: el de consumo. Nada ha de sorprendernos entonces que la actitud que se incite en el trabajador sea la de la adquisición compulsiva: ella es la que requiere el sistema para sobrevivir. El control se impone a través de pautar el consumo como centro del tiempo libre y la remuneración obtenida. Es en este punto, y no en la entrega de su fuerza de trabajo por un salario, donde el sujeto cae en connivencia con el sistema. Por supuesto que el consumo es la fundamental, pero no la única herramienta; hay otras, tanto o más ocultas. Así, las empresas amigables y “progresistas” que invitan (léase, obligan) a sus trabajadores a tiempo compartidos de confraternización con actividades programadas, así las escuelas de tiempo completo, los niños de agenda atiborrada de actividades; así la programación constante en la televisión constantemente prendida: la necesidad de acallar el silencio, de hacer (activa o pasivamente) “algo”, lo que sea, pero algo. Y todo, atentando tácitamente contra el enemigo expreso de la ley de vagancia: el ocio.
   Ya dotado de una connotación negativa, al ocio se lo vilipendia como la actitud de los indolentes: es, simbólicamente, el vino del vagabundo que duerme en la plaza.

   Sin embargo, el ocio, ese tiempo absolutamente libre, no sometido sino al tiempo mismo, es el presupuesto de la imaginación, de la creación, del razonamiento no pragmático: del trabajo intelectual en clave rupturista. Por eso era tan apreciado por los antiguos griegos. Se me objetará que su prodigalidad en esclavos les permitía valerse del tiempo de otra manera; cedo. Sin embargo, eso no obsta al valor intrínseco del ocio puro, su necesidad para obtener y desarrollar una alter-visión de la realidad. Claro, ese entendimiento diferente de la realidad, el arte rebelde, la idea irreductible al consumo, son enemigos del sistema: por eso la necesidad de cortar de raíz el ocio. El maldito ocio, que es campo abierto para la libertad de las mentes y los espíritus, que remueve al sujeto que debiera entregarse feliz a las nimiedades de lo material, lo concreto y consumible.
   Hay críticas que parecen acertadas, pero que vistas más detenidamente, aún tolerando la posible buena intención de su progenitor, no son sino barreras para llegar al fondo del asunto, cuestionamientos superficiales que obturan a los complejos, y acaban por ser funcionales a aquello que critican. Por eso la mera diatriba contra la ley de vagancia, la lucha contra ella, es un acto de inocencia si lo desligamos del árido contexto de control no legal al que estamos sometidos: el verdadero enemigo de la libertad humanista.
   Es un simplismo, no hay dudas. Pero, definitivamente, las cosas son más complejas de lo que parecen.                                    


(D.C) 

No hay comentarios:

Publicar un comentario