viernes, 15 de abril de 2011

(28) Point and shoot.

Quizá el atento lector esté ya ansioso tras la demora entre la última publicación en este blog. Pero es que justamente de cierta ansiedad es que me dispongo a hablar el día de hoy. El pensamiento me vino tras escuchar cierto término. Por supuesto que es un factor meramente arbitrario que haya sido ese el factor que me dirigió los pasos de la mente por dicho rumbo, bien podría haber sido cualquier otra cosa. Pero resultó que fue la frase "point and shoot" la que me llamó la atención.
Esta frase describe a las cámaras fotográficas que comúnmente se utilizan para tomar, disculpen la redundancia, fotografías por todos aquellos que no sabemos nada de tal arte. Lo que me resulta digno de mención, es que ya no denominemos a tales artefactos como "amateur", sino que utilicemos una descripción tan plástica como la de "apunta y dispara". Si nos detenemos a pensar, se trata casi de un pequeño manual, para evitar al usuario la molestia de tener que dedicarle tiempo a un verdadero manual (entienda el lector avisado que tampoco se piensa aquí en manuales como los de antes, sino en esas breves guías que suelen venir con las más diversas variaciones de "inicio rápido" y no del manual per se que explica con lujo de detalles el funcionamiento y uso del aparato).
Es esta tendencia a evitarnos las molestias la que capturó mi atención. En breves instantes entendí que es esta una característica de toda nuestra cultura. Pensemos ya no, en el ejemplo de las cámaras point and shoot, sino en algo mucho más mundano, pero no menos significativo. Quizá recuerdes, lector apurado, aquel dibujo animado japonés que llevaba por título Dragon Ball. El personaje principal, un alienígena humanoide con aptitudes sobrehumanas para el combate, había dedicado su vida a las artes marciales (entendidas estas como pegarle muy, pero muy fuerte al oponente). Así pues en un primer momento parecía que la serie elogiaba el esfuerzo continuo y la dedicación paciente a un fin. Sin embargo, pronto caía en una contradicción irremediable: cada vez que una pelea terminaba con problemas serios de salud para el protagonista (fracturas en prácticamente todo el esqueleto, múltiples desgarros, etc) se solucionaba instantáneamente con un semilla de propiedades mágicas curativas tales, que no satisfecha con restablecer la normalidad en el organismo, ya lo dejaba a uno preparado para la siguiente batalla, sin rastros de la anterior.
Cuando aún recorría los tiernos años de mi juventud, siempre desee que realmente existiese esa semilla. Claro, no tenía entonces el uso de la razón que los años, la formación y la experiencia nos brindan, ni me había comprometido con estos factores. Sin embargo, lo verdaderamente asombroso es lo similar que tenía mi deseo infantil con el deseo de tantos adultos que acuden a la medicina occidental requiriéndole soluciones inmediatas. Doctor, no puedo tomar algo que me cure "para ayer". Curioso lo similares que pueden ser, mal que le pese a Piaget, los niños y los adultos.
Y es que esta frase del para ayer, es sintomática de nuestra perdida de paciencia como cultura. Paciencia, etimológicamente, proviene del griego pathos, que significa algo así como tolerar, soportar lo que nos acontece por causas externas. Relacionada con paciencia por su común origen y raíz se encuentran entonces paciente (aquel que sufre o tolera algo) pero también pasividad y pasivo. En gramática el concepto de voz pasiva describe una estructura sintáctica que pone énfasis en el sujeto paciente, esto es quien recibe la acción (aquello que en voz activa suele ocupar la función del objeto o complemento directo). El problema, es que hemos perdido la paciencia, entendida en un sentido amplio.
Prácticamente no usamos la voz pasiva, quizá por la tendencia de toda lengua del principio de economía, pero quizá, también tenga que ver con nuestra actitud vital. No tenemos paciencia para leer un manual, puesto que lo que en verdad queremos es el proceso activo de sacar la fotografía. Claro está, tampoco pensamos dedicarle demasiado tiempo, basta con apuntar y disparar. No queremos comprometernos con la imagen, con su cuidadosa composición, con pensarla y planearla, queremos sacar una foto de la forma más veloz posible, para poder ya sacar otra.
Caminar es casi un hábito olvidado. Por lo general "andamos volando", curiosa descripción también, desde el punto de vista semántico, pues andar es una forma de caminar, pero como la velocidad no nos parece suficiente recurrimos casi al oxímoron de "ando volando" para intentar transmitir la vorágine de acciones de las que nos suponemos sujetos activos. Todo aquello que signifique una inversión de tiempo sin un resultado evidente e inmediato lo consideramos una perdida de tiempo. De ahí que el cuidadoso trabajo para lograr una caligrafía elegante ya sea un arte perdido, de ahí que ya no podamos lograr las maravillas que lograban los copistas medievales en los códices y manuscritos.

 

Verdaderamente asombroso, que durante siglos, antes de la invención de la imprenta, se lograran objetos de tal belleza, solo con la labor del artesano. No incurriré aquí en el complejo desarrollo de la Revolución Industrial de Occidente. Baste saber que nos encontramos sumergidos en ella.
¿Cómo podríamos apreciar la belleza innata que se encuentra en aquellas producciones cuyos autores han dedicado su esfuerzo en realizar si no somos siquiera capaces de detenernos para hacernos esta pregunta? Y es que el verdadero orfebre, no se cuestiona sobre cuanto le tomará finalizar su trabajo, sino que se involucra con este de forma tal, que solo cuando este ha sido terminado puede darse su creador por satisfecho. Por supuesto que todo esto está muy alejado de nuestra forma de ver el mundo, siempre atormentados por la cruel tiranía del reloj, nos encontramos corriendo de un lado a otro, apurados siempre por llegar, por aprovechar el día, aunque esto claro está, no puede ser más que un opuesto del famoso carpe diem horaciano. Aprovechar el día no significa exprimir cada instante hasta la última gota rellenando un mismo minuto de cinco actividades, en clara emulación de la capacidad de multitasking de las computadoras, sino que significa exprimir el sentido trascendental de la experiencia en que nos encontremos y nos sea profunda.
A tal punto llega nuestra necesidad de emular la tecnología que nos olvidamos las diferencias que existen entre esta y entre lo humano. Recuerdo aquella época en que eramos capaces, tras una llamada telefónica infructuosa, de esperar varios días hasta que se presentase la ocasión propicia para transmitir un mensaje a alguien. Ahora, con el advenimiento de las nuevas formas de comunicación, si no se nos responde un mensaje de texto inmediatamente nos encontramos sumergidos en una angustia. Y es que equiparamos este intento de comunicación con el de una computadora a la que se presiona una tecla, necesitamos ver en todo una reacción inmediata para nuestros estímulos. Pobre de los perros de Pablov si hubiesen sido entrenados en nuestra época, con seguridad se los hubiese deshidratado de tanto hacer sonar la campanilla.
Hay una distinción importante, para la cual retomo los conceptos de activo y pasivo. Si nos encontramos bajo la tiranía del reloj, no somos más que sujetos pasivos, por mucho que nos creamos activos. El verdadero hacedor no tiene más tiempo que el subjetivo. Solo cuando nos logremos liberar del grillete impuesto, quizá por nosotros mismos, quizá por los discursos fuentes de poder contemporáneos seremos capaces de disfrutar nuestra vida en las cosas más sencillas, pues seremos capaces de temperar nuestro ánimo para tolerar las que no nos sean gratas, y no pretender, como un chiquillo, que desaparezcan por un berretín, y también seremos capaces de aprovechar el momento en forma plena, sin preocuparnos por el que vendrá, sino simplemente envueltos en el presente.
En fin, les agradezco la paciencia de haber leído el texto, los invito a leerlo nuevamente, y a tomarse el tiempo de leer los demás artículos nuevamente, consideren, solo tras una lectura atemporal, si fue o no una perdida de tiempo. Si me permiten, me voy yo mismo a releer otros textos. A perder el tiempo con infinita paciencia.

(A.M)

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