martes, 26 de abril de 2011

(31) El último espectador (tragedia en tres actos).

Acto I

   Noche. A media luz en un intimo boliche de Barcelona. Juan Antonio, artista, pintor, avanza hacia la mesa de Vicky y Cristina. Ya ha habido miradas sugerentes. Sin molestas dilaciones, les hace una propuesta de aventura y amor libre. Ellas… Bueno, una sombra tardía y recargada se interpone entre la respuesta de ellas y yo. Recojo las piernas. La sombra pasa. Ocupa su lugar a dos asientos del mio. Casi inmediatamente, un crujir de insecto laborioso comienza a emerger de la sombra; se une, en ese ritual, a muchas otras sombras en la sala: miríada de grillos del pop acaramelado (o con sal). Sigo con la película; finalmente ellas aceptaron –Vicky parcialmente y a regaña dientes– y van hacia Oviedo. De vez en cuando, una tormenta parece amenazar nuestra calma. Es el coro atronador del sorbete y las últimas gotas de Coca-Cola en los vasos. Esto ya es molesto. Intento concentrarme en la película, de nuevo. A la señora de al lado, le suena el celular. Un reggaeton infame. Y sí, atiende allí mismo. Y cuchichea. Miro hacia delante; como fuegos fatuos, una, dos, tres, demasiadas luces: ¿luciérnagas flotantes que escaparon del cinematógrafo? Son pantallas de mensajes de textos que vienen y van. Me distraigo, ya ni sé lo que pasa en la película. Vuelven en un avión de algún lado, parece que Juan Antonio y Vicky se revolcaron… No sé. ¿O acaso estoy en el teatro? Sí, teatro. Y Macbeth en escena es acosado por su consciencia de homicida y ve un puñal ensangrentado que nadie ve y una mano y la cabeza de su victima, y nadie los ve pero él sí, y trata de alcanzarlos y habla y cae de rodillas preso de la locura. Y ante su discurso dramático, ante un hombre y sus fantasmas, la mitad de la platea estalla en carcajadas como si fuera un maldito mono de circo. Comentan jocosamente lo visto. En este punto, mi desesperación es tal que el suicidio es una opción viable; acaso sea más rápido cortarme las venas con el programa que llegar a la puerta de la sala para escapar de esto. Y la pregunta es, ¿qué pasa cuando muere la fe poética?



Acto II

   Allá por el amanecer del siglo XVIII, el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, habló de la “deliberada suspensión de la incredulidad”. Una actitud necesaria en el receptor de un esfuerzo artístico para que este surta efecto. Sé que estoy en un teatro y no en los bosques de Escocia. Sé que ese hombre es un actor y no el rey recién coronado: es un personaje. Pero como tal, como personaje, sí creo en Macbeth y en sus actos. Creo en que es un homicida, creo en que sufre por la sangre que ha derramado. Esa actitud permite el nacimiento de un nuevo plano, más allá de la realidad: la ficción. Esa actitud es la fe poética.
   Al mejor estilo aristotélico, digamos que se pervierte por exceso o por falta. La demasía aparece cuando la credulidad aplicada a la ficción se extiende hacia lo real, se confunde con él. Un ejemplo tradicional es la vieja que insulta en la calle al actor que en la novela de la tarde, representa a un personaje siniestro. O cuando, acaso la misma vieja, le pregunta por su esposa de la ficción, creyendo que también son marido y mujer fuera de la pantalla. Sin embargo, esta deformación de la fe poética no es la más común en estos días, y acaso, tampoco la más grave.
   Detengámonos en el otro vicio posible: la total ausencia de credulidad. Tiene muchas expresiones, pero todas suponen la catástrofe del arte. Imaginemos que hubiera ocurrido con la obra de Shakespeare sin esa elemental complicidad. Recordemos que, en el teatro isabelino, eran los hombres, por una cuestión de decoro piadoso, los que representaban los papeles femeninos. Entonces, teníamos a Romeo jurándole amor a un muchachito de peluca, o a Hamlet indignado ante la liviandad de su madre, que es en verdad un señor que trata de disimular sus vellosidades con una afeitada de última hora. Los públicos tendrían que haber reído y con su risa, hacer de las más notables tragedias unos pasos de comedia chapucera. Sin embargo, no fue así. Indigno de ese público, buena parte de la concurrencia que me acompañó durante una función de Macbeth (año 2009), en el teatro Solis[1], reía hasta el ahogo ante los visajes hijos del delirio culpable del protagonista. La reacción era inconsecuente con lo que exigía lo representado en escena, era signo de una incomprensión absoluta. En la realidad, los movimientos del actor sí que eran dignos de risa, en la realidad; pero no en la ficción, donde cobraban sentido, intensidad y respeto. La actitud del público mostraba que no habían emergido hacia el plano ficcional, y más grave aún, afectaba al mismo hecho artístico, ya que el teatro y el cine –pero muy especialmente el teatro, en que los actores, allí, reciben la respuesta directa del espectador–, son fenómenos colectivos, no individuales. ¿Cómo razonar esos desvaríos? Voy a otra posibilidad, no menos aterradora. Hace un tiempo, Coca-Cola –multinacional que ahora ya no nos dice que tomar, sino como debemos ver la realidad–  prorrumpió en los medios televisivos con esta publicidad: la cámara muestra un primer plano de una pendeja, en una sala de cine, llorando a moco tendido. Mientras, de fondo, sobre la música de la supuesta película, se escucha la voz de un crítico que sentenciosamente describe al film como un drama romanticón de cuatro pesos. Luego, el Santo Oficio del capitalismo, dictamina: “necesitamos menos críticos; necesitamos disfrutar más”.[2]  Una infamia. Ahora, en ese lloriqueo emotivo de la niña, tampoco hay fe poética. Esta requiere la reflexión. Es complejo porque para existir tiene que superar el tamiz de la crítica. Es el pensamiento el que permite trasuntar el plano real; sino hay pensamiento, esa emoción no es más que una vulgar mimesis: veo que al personaje lo deja la novia, a mi me han dejado alguna vez; ergo, me identifico con el personaje. Sólo me alcanza lo que he vivido, porque lo he vivido, sin importar cuan bien o mal me lo cuenten, porque sigo en “la” realidad, con los dos pies en ella, y sólo tracé algunas empatías para endulzarla.              
   Alguien que no piensa; alguien que no tiene el conocimiento elemental sobre un arte, o una obra concreta, que no está entrenado para ello y por eso no reacciona con justeza. Parecen ser defectos culturales, fallas de enseñanza. Ausencia de cierta precomprensión para sentarse frente a la obra.[3] Pero, ¿y los celulares atendidos en la sala? ¿Y el apetito voraz que, como acto reflejo, parece incitar el cine? ¿Qué pasa con el espectador?        



Acto III

   ¿Qué que pasa con el espectador? Nada. Es que ya no existe. Ya no hay casi espectadores en la masa massmediática, sino consumidores. Es el único tipo de relación que admite la sociedad capitalista actual: o consumo o soy consumido. Ha invadido todo, incluso la cultura, y es el ocaso del concepto de espectador. Ser espectador supone una disposición del intelecto y el espíritu dirigida, concentrada hacia la obra; supone, también, un sentimiento de pertenencia con aquellos que comparten la experiencia artística. Es la fe poética en su estado máximo. Es lo contrario del consumo. Ocurre que esa conducta depredadora es la ruina de cualquier exigencia o interpelación intelectual: el hecho de estar frente a una obra artística no importa entonces, no me impone obligaciones; si pago, tengo derecho a lo que quiera. Pagué mi entrada, y si quiero atiendo el celular en la sala; pagué el pop y lo voy a consumir por más ruido molesto que haga. Consumo mientras consumo la película, que es para eso, para que nos entretenga un rato, para que nos pase por el cuerpo sin digestión ni reflexión.  Todo se resume a una transacción contractual, material para el Derecho y la Economía: precio por producto.
   Acaso hay algo más. Según Foucault, un alemán, un tal Giulius, escribió en su libro “Lecciones sobre las prisiones” que “en otros tiempos –refiriéndose a la civilización griega– la mayor preocupación de los arquitectos era resolver el problema de cómo hacer posible el espectáculo de un acontecimiento, un gesto o  un individuo al mayor número posible de personas. Es el caso del sacrificio religioso, acontecimiento único del que ha de hacerse partícipes al mayor número posible de personas; es también el caso del teatro que por otra parte deriva del sacrificio, de los juegos circenses, los oradores y los discursos”. “Actualmente, el problema fundamental para la arquitectura moderna es exactamente el inverso. Se trata de hacer que el mayor número de personas pueda ser ofrecido como espectáculo a un solo individuo encargado de vigilarlas”. Y hoy, agrego, el énfasis está en mostrar el mayor número de personas al mayor número de personas. Es pasar de la sociedad del espectador, que jerarquizaba al objeto de su atención, a la sociedad del mero chusmerio, de ver todo por el mero hecho de poder hacerlo, como quien espía a la vecina por un agujerito en la pared.  
   Y ahora, ¿qué pasa en una sociedad sin espectadores? ¿Y con un arte sin espectadores?   
       
(D.C)


[1] Escribo “Solis” deliberadamente sin acento. Tal parece ese es el nombre original del teatro, nombre latino: solis. Símbolo masón. Ante esto, cuando la inauguración, y al momento de un recitado conmemorativo, el representante de la iglesia comenzó, sin más, con toda perfidia, a hablar de Juan Díaz de Solís para generar confusión sobre el nombre y vincularlo, socolor del estandarte evangelizador del conquistador, a la tradición católica. Su éxito es notorio.   
[2] Destaco, en contraposición, una publicidad digna, simple y elegante: la del whiskey irlandés Jameson. Muestra una botella, que se inclina y sirve su producto sobre un vaso delicadamente, mientras se enumeran las virtudes de la bebida, verbigracia, triple destilado.
[3] Hoy en día, existe una escuela de espectadores. En Argentina es dirigida por Jorge Dubatti; aquí, por María E. Burgueño. Una notable iniciativa para darle elementos al sujeto para entender con otro bagaje, más complejo, al arte.  

4 comentarios:

Daniel Lemos Cavalheiro dijo...

Fah... sin palabras. muy bueno.

Nota al pie dijo...

Muchísimas gracias por el elogio, Daniel. Bienvenido al blog!

Tatiana dijo...

Muy genial sinceramente, llegue a tu blog a traves de coleridge, pero un placer haberme encontrado con este analísis sobre la relacion consumo-arte... un placer estas sorpresas que de tanto en tanto nos da la red... Saludos!

Nota al pie dijo...

Muchas gracias, Tatiana! Un placer para nosotros que te haya gustado nuestro blog. Ciertamente, la red tiene esa peculiaridad: permite la expresión a todos, lo que es bueno, pero eso crea una saturación de contenidos difíciles de discernir desde el llano. Bienvenida! Saludos!

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